Son lágrimas de alegría pero también de dramatismo, de felicidad pero de desahogo. Cansado de comer mierda, de ser la cara de la derrota, de brillar en cada fracaso, de desplomarse en la cancha por otra eliminación, de quedarse con ese insoportable consuelo de saber que uno fue el mejor mientras arma las valijas para volverse a casa, de tener que soportar las críticas eternas del exitismo. Que no servís, que sos la cara de la derrota, que tenés que quedarte en tu casa, que sobrás en la selección, que sos prescindible, que ya no hacés falta.

Javier Mascherano es eso que pedimos cuando queremos que jueguen como hinchas, es ese tipo que deja la piel en la cancha, el que conmueve por contagio, es la representación de todos los que soñamos con jugar al fútbol pero que no tuvimos talento para llegar, es el símbolo de los huevos que pedimos desde el tablón, es el líder espiritual y anímico de un equipo que llegó a la final del Mundial después de 24 años. Brasil fue su venganza, en San Pablo nació su leyenda.

Fue la mejor actuación individual de un argentino desde aquellas tardes épicas de Diego Armando Maradona. Fundamental en los apoyos, cortando como tercer central, siendo claridad desde el fondo, con el corazón como bandera para levantarse después de estar conmocionado en el piso. Y lo del último minuto fue épico, fue histórico, un suspiro que duró una eternidad, un instante que ya está inmortalizado dentro de las páginas más gloriosas de la historia argentina. Robben se había escapado del reinante cazador por primera vez en toda la tarde, una pared que rompió con la conmovedora resistencia albiceleste, una jugada que dejó a la bestia negra, al hombre tan temido, frente a Romero. Era el gol, era otra decepción más, eran las lágrimas de la derrota, de la eliminación después de tanto sacrificio. Pero apareció Mascherano, agónico, colosal, como David contra Goliat, como un espartano en la batalla de las Termópilas para consumar un cierre memorable.

Hoy es un día para no olvidar nunca más. Hoy te convertís en héroe, dale” le dijo a Romero antes de los penales. ¿Cómo no seguir a un tipo como Mascherano? Un Jefe desde la palabra y de los hechos, arriesgando su alma para cumplir un sueño, un capitán sin cinta, un entrenador dentro de la cancha, el hombre que marca los tiempos del equipo, que transmite calma y serenidad en pleno caos, que aunque te aceche el averno todo va a estar bien.

No tengo muy en claro que jugador hubiese sido si hubiera llegado a primera pero si se que jugador me hubiera gustado ser, este Javier Mascherano que juega como jugaríamos todos nosotros, que después de quebrar esa maldición de 24 años sin llegar a la semifinal se hincó sobre el campo de juego con los ojos desgarrados de tanto llorar y la garganta explotada desahogándose con un impactante “lo hicimos, lo hicimos”. Su venganza, ya consumada, tiene un capítulo más en la tierra donde Obdulio Varela se convirtió en inmortal.

6 comentarios en “Jugar como Mascherano

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