“Estábamos en el grupo de la muerte, pero ahora los muertos son otros. Hicimos algo increíble siendo un país tan pequeño”. Bryan Ruiz

Justo cuando empezábamos a convencernos de que en un fútbol monopolizado por jeques y magnates las hazañas estaban condenadas al arcón de los recuerdos, Costa Rica conmovió todas las certezas. Tenía que ser en la Copa del Mundo, uno de los pocos reductos donde el amateurismo se mantiene inexpugnable, donde la chequera ilimitada de los buitres modernos aún no se ha podido entrometer. En el grupo de la muerte se impuso la Costa Rica de los sueños, un canto al romanticismo, una oda al fútbol antiguo, el retorno del fútbol a sus fuentes cuando no siempre el más rico gana, cuando el deporte vuelve a ser incertidumbre.

Cuando uno es humilde y perder es lo normal, el goce por el triunfo se multiplica hasta alcanzar límites insospechados. La garra charrúa primero y la Italia de Pirlo hincados en el capítulo más glorioso de la historia costarricense, con el “olé, olé, olé, ticos, ticos” como banda sonora en Recife. En el sorteo se escuchó el clásico “dead man walking” previo a la ejecución en la silla eléctrica, pero Costa Rica obró la epopeya cuando la guillotina ya amenazaba su cuello. Tres campeones del mundo, siete títulos ridiculizados por una selección que nos permitió descubrir que no todo está inventado, que nos invitó a escribir juntos la historia con su corazón como insignia.

No es un milagro, no es un suceso inexplicable que se le atribuye a la intervención divina ni una gesta edificada por el caprichoso deseo de un Dios pagano. Costa Rica es una suma de factores que convergieron en un mismo tiempo y espacio para teñir la tricolor de épica: la sesuda planificación de la Federación Costarricense de Fútbol, la libreta del estratega Jorge Luis Pinto que edificó dos palizas tácticas inolvidables, el talento de Joel Campbell y Bryan Ruiz, el corazón de Celso Borges y Yeltsin Tejeda, la sobriedad infranqueable de Keylor Navas y la ilusión de un pueblo que a su olimpo de ídolos deberá agregarle a varios exponentes de la camada que desató movimientos sísmicos en Brasil.

El duelo entre ingleses y ticos será un trámite pero no por los motivos imaginados. Cuando el mundo daba por sentenciado a Costa Rica, serán los ingleses quienes deberán hacer las valijas para retornar a casa. El más débil, un eterno desposeído, el gran outsider. En Brasil, la alegría fue centroamericana. Los Ticos dinamitaron el grupo de la muerte.

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