#RickieComesHome

El fútbol está atiborrado de fracasos anónimos, ilusiones que quedan sepultadas sin siquiera gozar de una mísera oportunidad. Por caprichos ajenos basados en supuestas incapacidades, porque el sistema no está dispuesto a apostar por un potencial perdedor. Llegar a primera es un sendero pasional, un vía crucis de constantes elecciones en el que se padece más de lo que se disfruta. En la edad de la inocencia, millones están dispuestos a hipotecar su niñez por un sueño, un sueño edificado durante años que puede hacerse añicos en un suspiro. En la selva, la ley del más fuerte siempre prevalece. Rickie Lambert lo sabe.

“Rickie, no te vamos a tener en cuenta. Vas a tener que buscar otro club”. Una frase devastadora, el fin del mundo en un puñado de palabras. Apenas 15 años tenía cuando su Liverpool, el club que amaba, lo dejaba en libertad. El entrenador de turno no confiaba en él ni en otros tantos que fueron automáticamente eyectados de Anfield Road. Para un hincha no debe haber fantasía más placentera que defender sus colores, morir en la cancha por una camiseta por la que dejaría la vida también en la tribuna. El pequeño Rickie, pese a su magullado corazón Red, debió tomar una decisión trascendental: pactar con el olvido una digna retirada o afrontar una laboriosa resurrección.

Naufragó entre la tercera y la cuarta división. Debutó en el Blackpool. Apenas jugó tres partidos y fue dejado en libertad antes de que terminara la temporada. Para sobrevivir, trabajó durante unos meses en una fábrica a cambio de 20 libras diarias. En Macclesfield encontró regularidad: 10 goles en 40 partidos. Stockport lo invitaba a subir de categoría. Ascendió siendo protagonista, pero también fue desairado y recaló en Rochdale, un escalón más abajo. 22 goles en su segundo año llamaron la atención del Bristol, donde se gestó su centellante revancha.

Bristol Rovers, League Two. Ascenso a League One como actor de reparto. Sería la última vez. 19 y 29 dianas en las siguientes temporadas despertaron el interés del Southampton. Una de las canteras más prolíficas del fútbol británico lo había elegido como salto de calidad y puntal ofensivo. Lambert había demostrado que era un delantero chapado a la antigua, un ariete mortífero.

Fue épico lo de Rickie en St. Mary’s Stadium. League One. 57 goles en dos temporadas. Ascenso. Championship. 31 tantos en 48 partidos. MVP. Ascenso. Ídolo. Premier League. Gol en el debut. 29 dianas en dos temporadas.

Lambert había descendido al averno para alimentar su resurrección, había vivido en carne propia las privaciones de los humildes para disfrutar por duplicado del lujo que decora el primer nivel. De la cuarta división, de la fábrica que pagaba veinte libras por día a un esplendido rendimiento que justificó su merecida convocatoria a la Selección Inglesa. De Blackpool a Manaos. Pero todavía le faltaba cumplir un sueño.

Amé a este club toda mi vida. Siempre soñé con jugar en el Liverpool, pero pensé que mis chances habían desaparecido. Nunca imaginé que iba a lograrlo”. Con el ave tatuado en su hombro, el hincha que vivió su tarde más feliz cuando su club ganó la Champions League en Estambul volvió a casa por cuatro millones de libras. Después de Brasil, donde será indiscutido por la anemia ofensiva que agigantó sus valiosos méritos, Rickie Lambert saldará una cuenta pendiente con su niño interior.