Los revolucionarios siempre usaron barba

Un telegrama en la mano y una lágrima en la mejilla, una escena que jamás habías imaginado. De repente, la causa a la cual le habías entregado tus mejores años decide prescindir caprichosamente de tus servicios. La dictadura del calendario era la excusa. Tenés 32 años y te echaron a la calle después que inmolaras tu juventud por una hinchada que te idolatró y por un club que aprendiste a amar. Como si el talento tuviera fecha de vencimiento, te estamparon el rótulo de juguete roto.

Es la perversa lógica del sistema. Te venera durante tus años dorados y te excluye cuando imagina que ya no puede exprimirte. Sos viejo, ya no servís y tenés que irte pese al menospreciado y exitoso pasado porque la supuesta proactividad de los jóvenes es el motor que impulsara la rebelión, el corazón de la renovación. Con los clasificados bajo el brazo, una instutición tan gigante como la herida que había dejado el Calciopoli apostó al genio desechado para su refundación. Así llegó Andrea Pirlo a la Juventus.

La vendetta fue lapidaria. Tres títulos de Serie A en apenas tres años, símbolo de la restitución identitaria de la Vecchia Signoria y comprobación empírica de la debacle del imperio rossonero. Mientras Antonio Conte edificaba una hegemonía incontestable a partir del talento de su flamante regista, el Milan rubricaba con un sinfín de fracasos la peor decisión de toda su historia.

No conforme con enrostrarle a Berlusconi y compañía su craso error,Campanellino decidió transformar la esencia del fútbol italiano. Fue en la Eurocopa 2012 donde La Nazionale enterró el Catenaccio para entregarse en cuerpo y alma al juego de Pirlo. Fue fundamental Cesare Prandelli, el hombre que le asestó un golpe de timón al estrepitoso fracaso en Sudáfrica. Italia llegó a la final de Kiev con una propuesta históricamente contracultural, un estilo ofensivo enarbolado por el talento de su emblema. Pirlo, Panenka mediante, mereció el Balón de Oro.

Pirlo es la pausa antes del caos, es el suspiro antes del temporal, el talento diferencial entre tanto músculo encomendado a una causa estéril. Pirlo es poesía, es elegancia, es estética, es un vino perfectamente añejado, es un indómito insurrecto que demostró que la experiencia está menospreciada, que hincó al sistema y le certificó que la rebeldía no es un rasgo exclusivo de la juventud. Y se dejó una barba que sazona su legado con épica, porque los revolucionarios siempre usaron barba.