“¡¡¡Arrrr-senal, Arrrr-senal, Arrrr-senal!!!” Durante tres horas, el bar de Las Heras y Uriburu fue una extensión de Wembley para los 80 hinchas argentinos que adoptaron al Arsenal inglés como propio. Epicentro de la locura, el local que acogió a los fanáticos rugió con sus festejos una vez concretado el triunfo de los Gunners por 3-2 frente al Hull City en la final de la FA Cup.

La cita, acordada vía Facebook, era a las 12.30 en la puerta para lograr la pole position en la carrera por adueñarse de las mejores mesas, pero la convocatoria sobrepasó cualquier expectativa y varios debieron transitar de pie el calvario que fue la final. Como suele pasar, la abundancia también despertó rispideces: “No consumen nada y me tapan la visión. Yo quiero ver al Barcelona y estos, que encima no toman nada, no me dejan. Ya les pedí que se corrieran y no me dan bola, los voy a sacar a trompadas”, amenazó un hincha que quería ver el partido entre el Atlético de Madrid y el Barcelona. El Wembley porteño también estuvo sazonado con una pizca del Camp Nou primero y del Estadio Olímpico de Berlín después, con catalanes y madrileños, e incluso con alemanes.

La fiesta casi se convierte en tragedia para unos hinchas del Arsenal que se entregaban con tristeza y resignación a una maldición que parecía interminable, acostumbrados a arañar un sinfín de títulos que jamás adornaron sus vitrinas. El Hull City había destrozado los pronósticos previos y ganaba con los goles de James Chester y Curtis Davis, cuando todavía los dueños del bar no habían podido alinear los planetas para transmitir equitativamente los dos partidos en juego en sus doce televisiones.

Parecía una típica cantina londinense colmada de camisetas rojiblancas. Sin embargo, en Recoleta también se gritaron los goles del Hull: había dos ingleses que hace tres meses llegaron al país, hinchas del Tottenham, su clásico rival, y del Manchester City, el flamante campeón de la Premier League. Su tarde empezó con la alegría de la desgracia ajena y terminó con el reconocimiento a un equipo que festejaba la FA Cup, mientras preguntaban por los motivos de la ausencia de Carlos Tevez en la selección.

El pub explotó con el golazo de Santiago Cazorla y la ilusión de sepultar los fantasmas que lo aquejaron durante los últimos nueve años sin títulos. El “Oh Santi Cazoooorla, oh Santi Cazoooorla” vernáculo logró tapar las tribunas de Wembley, mientras dos inglesas que usaban la camiseta de Lionel Messi enloquecían con el Barcelona. “Uuuhhhhh”, ante el gol errado; “amonestalo de una vez”, ante una patada de más del rival, entre pizzas y cerveza como menú de un bar para el cual, según reconocieron sus dueños, las eternas jornadas de fútbol no son buen negocio: “Vienen, piden una cerveza y se quedan toda la tarde”.

El empate no llegaba en Wembley, pero los hinchas celebran un gol. El Atlético de Madrid había igualado en el Camp Nou y lo padecía en Buenos Aires un barbado hincha del Barcelona que antes había festejado los tantos del Hull. Le gritan el gol en la cara y la posterior consagración del conjunto del Cholo Simeone, mientras el gigante inglés empapa su barba con más cerveza, acaso sin entender la provocación.

El Arsenal empata el partido, ruge el tablón y se aúna en un grito de guerra en homenaje al autor del gol: “Koscielny, Koscielny, Koscielny”. La impericia de los Gunners estira el sufrimiento a una definición en tiempo suplementario. Aaron Ramsey, uno de los niños maravilla de Arsene Wenger, marca en el segundo tiempo y ahuyenta el temor a un nuevo fracaso. Arsenal, por fin, es campeón. Recoleta es una locura indescriptible.

Veneran a Wenger, cuya continuidad fue arduamente cuestionada durante la temporada. Se funden en abrazos alocados en medio de selfies y cantitos. Se lo dedican a José Mourinho, el técnico del Chelsea que este año no levantará ningún título. El fútbol nunca termina y mientras empiezan a encausar su nave rumbo a la embajada inglesa para seguir la celebración con bengalas de color rojo, un grupo de alemanes arriba para la final de la Copa Alemana entre Bayern Munich y Borussia Dortmund.

La intromisión del fútbol europeo en la Argentina es evidente. Seductor por varias virtudes y llamativo por falencias propias, ha ganado adeptos a pasos agigantados en el mercado local al punto de lograr que ochenta almas se reúnan a miles de kilómetros de distancia para alentar a un equipo que seguramente jamás vieron en vivo, o que otros tantos inviertan un esfuerzo sideral para costearse el cumplimiento de un sueño.

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