¿Por qué junto figuritas?

“Tenés veintidós años, sos periodista y abogado, no puedo creer que vayas a juntar figuritas”. Así reaccionó mi vieja cuando le conté que iba a juntar las figuritas del Mundial que se viene. Lo dijo con una sonrisa dibujada en su cara, incrédula es cierto, pero con un dejo de felicidad y ternura por reconocer que la esencia del nene que ella crió indefectiblemente sigue vivo dentro mio. Su frase disparó mi reflexión: ¿Por qué junto figuritas?

Nada tiene que ver con el Síndrome de Peter Pan. Crecí, maduré, asumí responsabilidades, cometí errores y recibí los golpes que la vida, en mayor o menor escala, nos tiene preparados. Aún así, se me iluminaron los ojos cuando me enteré que el álbum estaba por salir. Me escabullí del trabajo para averiguar si ya estaba en los kioscos del microcentro. Recién lo encontré el sábado por la mañana, cuando en un kiosco de Belgrano vi un cartel con la leyenda “Acá tenemos las figuritas del Mundial”. Lo compré sin pensarlo junto a diecisiete paquetes.

Ir al kiosco a comprarlo fue empezar el ritual. Llegar a casa, abrir cada paquete, ver cada figurita con emoción, festejar internamente cuando te toca una difícil, pegarlas conteniendo la respiración y controlar el pulso para que no quede torcida. El olor, los colores. Hacerlo fue retrotraerme a mi infancia, automáticamente retroceder a mis ocho años, regresar a los recreos cuando jugábamos a la tapadita y cambiábamos las repetidas con los amigos: “Late, late, nola, late”.  Ahí fue cuando me di cuenta por qué junto figuritas: lo hago porque me devuelve, aunque sea por un ficticio y efímero instante, a ese plano de absoluta inocencia, de plena felicidad, cuando las preocupaciones no eran más que juntarse con amigos y llenar el álbum. Cuando sos pibe querés quemar etapas y ser grande, pero cuando empezás a peinar canas, añorás esas épocas de desconocer las miserias del mundo.

Eran otros tiempos. Los celulares y las computadoras eran un privilegio exclusivo de una clase social a la que mi familia no pertenecía. Tampoco existían las redes sociales y la globalización era solo una añoranza de un grupo de empresarios dispuestos a mercantilizar absolutamente todo con tal de ganar plata. Los chicos nos divertíamos con poco, con la imaginación como principal aliado. Con el tiempo se perdieron muchísimas costumbres que unían a familias y amigos. La mia fue una de las últimas camadas que se acostumbró a juntar figuritas. Hoy los pibes necesitan un IPad, una Play Station o una computadora para conformar sus inquietudes. A mi me alcanza, aún hoy, con un álbum. Por eso habrá sonreído mi vieja.

Juntar las figuritas también es saldar una deuda pendiente. Nunca completé un álbum.