Todos los días, toda mi vida

Es un fenómeno único, inexplicable, un suceso extraordinario que se suscita cada vez que la Diez flamea estampada en su espalda. Es instantáneo, contundente, irrefutable, aún cuando Boca es un equipo con su sistema inmunológico en ruinas. Solo bastará su presencia para conmover cualquier sentencia, para que los miedos se esfumen aunque sea por un rato, aunque todos sepamos que están ahí, aunque todavía el médico no haya detectado la enfermedad y mucho menos haya prescripto el tratamiento correspondiente.

Cuando Juan Román Riquelme aparece en escena con la camiseta azul y oro, el aire se electrifica y el pesimismo se convierte en esperanza, aún cuando recién sea su primer partido después de una lesión que se convirtió en eterna y el equipo esté inmerso en una mediocridad absoluta, con un Bianchi acusando los golpes de una campaña irregular y resistiendo los embates de los desestabilizadores de siempre. Aún a sus 35 años, su sola estampa nos retrotrae a aquellas noches mágicas de gloria plena, cuando perder era una extravagancia. La noche fue un premio a su investidura, a ese bronce que reluce 200 partidos en La Bombonera. Penal, gol y lluvia de aplausos con Román en posición receptiva, para que el cariño una vez más alimente su corazón bostero.

Fue la mejor producción de Boca en el actual campeonato, pese a las bajas de Agustín Orion y Fernando Gago. Riquelme acaparó los flashes pero el que brilló fue Luciano Acosta. Una vez más fue el mejor del Xeneize, con su desfachatado talento a flor de piel. El enano es un jugador particular, un descarado que le hace honor a la moda de los “locos bajitos”, un pibe que entendió a la perfección esa exigencia que baja desde la tribuna: “ustedes jueguen como hinchas que nosotros dejamos la vida”. Acosta es el alma, el espíritu y le imprime enjundia constante a un equipo que encuentra en sus 160 centímetros la valentía necesaria para navegar en días tormentosos. Acosta es tan bueno que su principal virtud no es su fútbol, sino su corazón.

Juan Sánchez Miño redondeó una actuación aceptable, coronada con un gol, aunque por antecedentes se espera mucho más de él. Emanuel Insúa, amnistiado por el cuerpo técnico, fue vital para el circuito ofensivo: cuando baja la cabeza, lanzado en velocidad, es prácticamente imparable. Juan Forlín cumplió otra estupenda actuación en un equipo que lo tiene como principal estandarte defensivo. Trípodi certificó su buen momento y custodió con solidez el arco que dejó Orion. En líneas generales, Boca jugó su mejor partido en el campeonato, otra vez empujado por su hinchada, un pueblo que soñó el fútbol de Román e imaginó once leones con el corazón de Acosta.