Si yo fuera Maradona…

El mundo rebosa de paladines deontológicos que desde su inmaculada ética fustigan, como si de dioses vengativos se tratara, al resto de los mortales. Seres sobrehumanos que se atribuyen un derecho divino, exponiendo las miserias del resto para regocijarse en su macabra egolatría mientras se desnudan ante el mundo entero como almas en pena, cargadas de odio y resentimiento, dignas de la más absoluta de las lástimas.

Exponente de esa vomitiva moral es Javier Ceriani, un Fort wannabe que desde su mérito de ser un argentino que vive en Miami se permitió redactar una deleznable diatriba hacia Diego Maradona, el máximo ídolo del fútbol argentino. Emigró en los albores del siglo XXI, en plena crisis argentina, cuando se iban los mejores, según los desestabilizadores de siempre. Forjó su figura entre el Bal Harbour y Lincoln Road, alejado de la realidad de un país que desde su partida comenzó un proceso de reconstrucción que, catorce años después, lo sedujo a volver. Ceriani, un ignoto que se regaló con la potestad de hablar en nombre de un pueblo que jamás lo eligió, no es más que la excusa para canalizar el sentimiento de aquellos que amamos e idolatramos al jugador más grande de todos los tiempos, no es más que una motivación para defenderlo una vez más ante las hambrientas hienas.

Un pibe hace jueguitos en Villa Fiorito, inmerso en la más cruda de las pobrezas, la pelota es su única aliada. No tenía nada y en un centellear el mundo lo convirtió en una deidad después de gambetear a la predestinación y esquivar los avatares de una realidad indigna para emerger del averno. Ícono de los marginados, encarnó los sueños de los eternamente excluidos, se convirtió en su símbolo de esperanza, en la estampita a la que aferrarse cuando el sueldo no alcanza para llenar el estómago, cuando la barriga se infla por la desnutrición. Sus hazañas futbolísticas no hicieron más que sellar para toda la eternidad el romance entre el pueblo y Pelusa.

A Maradona bien podría encasillárselo como un incuestionable paradigma de anti-héroe para un capitalismo que mancilla a los que alzan la voz en su contra. Siempre del lado de su gente, de aquellos que sufren los mismos padecimientos que él, ridiculizó a las leyes prestablecidas por el poder de turno como a los ingleses en México. Jamás se lo perdonaron y aprovecharon cada oportunidad para humillarlo públicamente, exprimiendo una estúpida necesidad de tomarlo como un referente moral. Diego es un ser humano común al cual el destino lo condenó a una infancia de privaciones pero lo bendijo con un talento descomunal para escaparle a las tribulaciones. Es el más grande de todos los tiempos y no por ello tiene que ser ejemplo de nada ni de nadie. Sus miserias son también las de su pueblo, la droga y las mujeres, denominador común con tantos otros referentes en sus respectivos ámbitos que no padecen la constante asfixia inquisidora de la fama donde los “putos periodistas” cuestionan sus formas, su accionar e incluso su ideología.

“Me queda el mal sabor de boca de saber que pude haber sido mucho más de lo que soy. Yo nací en el mundo del fútbol sabiendo quién iba a ser, pero no sabía que iba a tomar cocaína. Hoy lamentablemente siento culpa adentro mio, porque me podrán decir que estoy bien, que estoy mejor, que estoy mejor que antes, pero nadie está dentro mio, yo sé las culpas que tengo y no las puedo remediar”. Con sus ángeles y demonios, Diego siempre fue Pelusa. ¿Con qué prurito pueden condenarlo por haber atentado contra su propia vida, incluso aquellos medios argentinos que usan la carta de un exiliado para atacarlo pero sin firmar con su sangre?