“Ver a Scocco despierta ganas de reconciliarse con el fútbol y de volver al Coloso cada domingo, aunque lo haríamos igual”. Milagros de los tiempos modernos, un amigo leproso me comenta el fenómeno que Ignacio Scocco despertó en Rosario, una de las capitales más pasionales del atlas futbolero. Bendiciones de la imaginación, lo pienso emocionado mientras las apáticas letras vuelan al compás de sus dedos en mi monitor. Nacho retornó como una incógnita, se alzó rápidamente como revelación y se afianzó como el jugador más determinante fútbol autóctono en apenas nueve meses. Un viaje relampagueante del ostracismo emiratí al estrellato argentino.

Destrabada la inhabilitación que la FIFA le había impuesto a Ariel Ortega por su incumplimiento de contrato en el Fenerbache, el Burrito se sumó a las filas del Newell’s de Américo Rubén Gallego previo pago de 3.500.000 de euros como indemnización al club turco. Con el inédito siete estampado en la espalda, el eslabón perdido entre los dos mejores de la historia jerarquizó y lideró a un elenco plagado de promisorios baluartes surgidos de la cantera del club. En yunta con Fernando Belluschi y Guillermo Marino, la Lepra conquistó el Apertura 2004, su último título oficial. La última gema que se sumó a las huestes del Tolo fue un Scocco que ni siquiera había celebrado su primera veintena. Su debut en las redes fue a través de un tacazo en la quinta jornada frente a Banfield, un inmejorable cortometraje de presentación para resumir su insondable repertorio. Fue campeón y Ortega lo catalogó como “su pollo”. En el primer semestre de 2006 sembró su mejor cosecha: trece dianas, nueve en el Clausura y cuatro por Copa Libertadores, cifra suficiente que despertó el interés de los ojeadores del “Viejo” y “Nuevo” continente.

Transferido a Pumas de la UNAM, su periplo goleador transitó por destinos cada vez más exóticos. México, donde reforzó al Toluca de Gallego en la Libertadores 2007, Grecia y Emiratos Árabes Unidos. Fue ídolo en el AEK y goleador en el Al Ain, una liga de quinto orden, económicamente millonaria pero futbolísticamente indigente y culturalmente anómala para un santafesino que padeció el desgaste de una rutina que se tornó en insoportable. Cuando sonó el teléfono y vio el prefijo rosarino no titubeó un segundo en regresar a casa.

Mientras Nacho peregrinaba por el exterior, una revolución se erigía desde las entrañas leprosas. Eduardo López había sido elegido presidente del club en diciembre de 1994. Legitimado en aquella única votación cimentó una dictadura despótica que gobernó ininterrumpidamente hasta 2008. Rafael Bielsa, hombre clave del éxito de la asonada popular junto a su hermano Marcelo, fue contundente: “López es el último presidente de facto de América Latina”. “Moreno y Córdoba 19 hs” retrata a la perfección la épica crónica de la sublevación impulsada por un grupo de jóvenes fanáticos del club. El documental refleja el romanticismo de una lucha incesante por la recuperación de la identidad de un club socialmente destrozado. El 14 de diciembre de 2008 fue un día histórico porque, por primera vez en catorce años, el pueblo leproso volvió a las urnas. Guillermo Lorente fue elegido por el 67% de la masa societaria en una elección multitudinaria. Derrocado López, el desafío sería mayúsculo: extirpar de raíz a la enquistada barra brava, restituir la vida social del club y navegar en tormentosas aguas que golpeaban con fuerza por el déficit bancario de más de 70 millones de euros.

Martino, Heinze, Rodríguez y Scocco volvieron para rescatar a Newell’s del naufragio.

Aquellos molinos de viento de aquel hidalgo pero esquizofrénico Don Quijote parecían endebles figuras de papel al lado de los desafíos que debió afrontar la nueva gestión. Mientras luchaban por volver a ser, Newell’s hilvanó dos pésimas campañas en el Clausura (19°) y Apertura (18°) 2011. La Lepra comenzó la actual temporada con el peor promedio de la categoría junto a Independiente, ambos con un porcentaje de 1.184 puntos por partido. La reconstrucción había dado pasos fundamentales pero un inminente descenso hubiera sido catastrófico.

Gerardo Martino había sido uno de los principales opositores a la gestión de López. Máximo ídolo de la historia del club, concluyó por motu propio su exitoso ciclo al frente de la Selección de Paraguay tras la derrota en la final de la Copa América frente a Uruguay. Designios del caprichoso destino, las historias del Tata y la Lepra se reencontraron en uno de los momentos más difíciles de su historia. A pesar de un inesperado sexto puesto en el Clausura 2012, la latente posibilidad de descender con la experiencia de Rosario Central todavía fresca en la memoria, exigía una campaña intachable en el venidero Torneo Final.

Maximiliano Rodríguez y Gabriel Heinze, relegados en Liverpool y Roma respectivamente, iniciaron gestiones para regresar al Marcelo Bielsa a retribuir lo que el club había hecho por ellos hace casi dos décadas. El inmejorable clima en el club, con una comisión futbolística conformada por varios campeones de 1988 que trabajan codo a codo con Martino y la entusiasta participación del socio en la vida institucional de Ñuls generaron un clima propicio para su vuelta. “La Fiera” y “el Gringo” habían leído las señales y venían al rescate, pero faltaba un goleador que asegurara la cuota necesaria para no sufrir. Mirado de reojo por la desconfianza de un jugador que se había escapado de la memoria colectiva, estigmatizado por su última temporada en una liga totalmente desconocida, el eslabón menos grandilocuente pero el más necesario llegaba en el más completo de los silencios.

“Hace un año solo Martino y Sebastián Saja confiaban en mi”. Scocco no se equivocaba. Parecía haberse condenado a sí mismo al ostracismo después de su etapa en el AEK. Al Ain representaba una acaudalada cuenta bancaria pero era una sentencia de defunción para una carrera siempre auspiciosa. Sin embargo, Nacho se rescató a sí mismo al volver a Rosario por chirolas. Recluido en su palacio emiratí, seguramente siquiera imaginó alguna vez el utópico objetivo de participar en el Mundial de Brasil. Nueve meses después, tras ridiculizar absolutamente a todas las dudas sembradas a su alrededor, el siempre exigente hincha argentino lo enarbola como un fijo para vestir la camiseta albiceleste el año próximo en la Copa del Mundo. Para colmo, como si su etapa en la Lepra no bastara, Alejandro Sabella lo convocó para afrontar el Superclásico de las Américas. En una noche antológica, le convirtió por duplicado a la Brasil de Neymar y Lucas en la mítica Bombonera.

“Así como el Barcelona tiene a Messi, nosotros tenemos a Scocco”, Martino.

24 goles en 30 partidos. La impactante cifra de Scocco en su segunda etapa como leproso es solo una de las tantas aristas que justifica su cetro de jugador más desequilibrante del fútbol argentino. Descifrar su genoma representa un desafío inalcanzable. Nacho conjuga a la perfección las virtudes del paradigma de goleador y un típico diez rioplatense. Sus 176 centímetros concentran una heterogeneidad jamás vista. Comodín de Martino, es el hombre clave en su estructura. Como ariete deslumbra con su movilidad y su capacidad para ser el puntal que teje con inteligencia los caminos del equipo. Más retrasado, en posición de enganche, genera sus propios espacios a pura gambeta, velocidad y talento. Además, por panorama y visión, también hace jugar y es la clave del mecanismo ofensivo del Tata. Clave en la faceta defensiva dentro de una estructura que apuesta por asfixiar a sus rivales, obligando a una salida incómoda desde el fondo, presionando sobre lanzadores y receptores. Su jerarquía y experiencia lo convierten en el faro que alumbra a un ambicioso equipo que, como en el plantel campeón de 2004, está plagado de chicos surgidos de las inferiores. Asombra su despliegue porque el fútbol argentino hace años que no disfruta de un jugador de sus características en la plenitud de su carrera: los jóvenes emigran en busca de asegurarse un bienestar económico y los que vuelven de Europa, salvo excepciones, sufren su propio físico.

Scocco puede ser Maradona. O Messi. O Bochini. O Palermo. O Francescoli. Puede disfrazarse de todos ellos, al menos por un rato, porque es dueño de un repertorio inagotable. La sensibilidad de su prodigiosa diestra le permite picarla con sutileza o fulminar al arquero de turno. De penal o de tiro libre. Picardía e improvisación de potrero. El desafío está planteado: encontrar tan solo uno de sus 26 tantos en la temporada que no merezca su inclusión dentro del rubro “golazos”.

Máximo goleador del Torneo Inicial en el cual Newell’s fue subcampeón, sus anotaciones siguen ilusionando a esos fanáticos que disfrutan un presente que ellos mismos encumbraron. Escolta de Lanús en el Torneo Final y clasificado a los octavos de final de la Copa Libertadores pese al traspiés en Paraguay frente a Olimpia, Scocco sueña con coronar su segunda etapa en el club de sus amores con un título. En junio vencerá su préstamo y la dirigencia rojinegra deberá hacer uso de la opción de compra tasada en 1.800.000 de euros para retenerlo. Si bien es una cifra prohibitiva para el ámbito local, la Lepra hará el esfuerzo. Seguramente sus suntuosas actuaciones despertarán el interés de más de un equipo europeo que no escatimará recursos para llevarse su fútbol y sus goles. Su continuidad se asemeja imposible, incluso porque un desafío más exigente sería el último examen que debería dar para llamar la atención de Sabella y ganarse su lugar dentro de los 23 convocados para el próximo Mundial.

Mientras Nacho sigue con su inagotable producción. el fútbol argentino se deshace en elogios. Martino, hombre cauto que no suele exagerar en sus elogios, se rindió ante lo evidente: “Así como Barcelona tiene a Messi, nosotros tenemos a Scocco”. Patricio Pérez, compañero en la Lepra, fue un poco más allá cuando afirmó que “Scocco es Messi”. La rojinegra camiseta que supo engalanarse con un joven Lionel Messi y un avejentado Diego Maradona hoy se derrite por Ignacio Scocco. La comparación entre la Pulga y el jugador más determinante del fútbol local no es caprichosa: salvando rivales y condiciones particulares de cada uno, son dos futbolistas de estilos emparentados, dos altruistas que cumplen con lo que el equipo necesita en cada instancia del juego. Son enganches o falsos nueves, depende de la ocasión. Y Brasil 2014 podría tenerlos en un mismo equipo.

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